martes, 24 de julio de 2012

Una de políticos.


Retomo la actividad después de algo más de un mes de holganza. He dejado pasar tanto tiempo, aparte de por el hecho de haber estado algunos días de vacaciones, porque quería evitar escribir bajo el eco de las protestas y manifestaciones que, de un tiempo a esta parte, inundan las calles y plazas de un país defraudado por una casta política afanada en dilapidar las capacidades y potencialidades de una sociedad cabreada por tanta subida de impuestos y tanto recorte. No quería escribir en caliente para no tener que arrepentirme de algunos exabruptos que, a buen seguro, se me deslizarían en el discurrir del relato. Por eso, he preferido escribir desembarazado de cualquier pasión del momento que pudiera cegar la claridad de juicio que me merece la situación por la que atravesamos.

Desde el 19 de junio, fecha de mi último post, las cosas han cambiado para peor: nos han subido el IVA, el agua, la luz, la gasolina, el gas, etc. No hay nada que se haya librado del incremento impositivo, y si lo hay es porque no se han acordado. Para más inri, en cuanto a los funcionarios se refiere, nos eliminan la paga extra de Navidad y nos quitan tres días de asuntos particulares. Y lo peor es que, según los encargados de explicar estas medidas, todo ello se hace para reactivar la economía con ánimo de potenciar el consumo. Yo no soy ningún experto en la materia, pero me parece a mí que si los sueldos no aumentan y se encarecen el resto de bienes y servicios, eso implica que disponemos de mucha menor renta para destinar al consumo. Es algo así como la cuenta de la lechera, pero a las claras. Por eso, no me extraña que se nos esté quedando la misma cara de asombro que pusimos cuando vimos a Uri Geller doblar cucharas por televisión: la razón nos empujaba a no aceptar lo que nuestros incrédulos ojos veían con total nitidez. Eso mismo es lo que está sucediendo ahora: asistimos a un dramático número en el que no paran de desaparecer ante nuestra vista una serie de derechos que ha costado muchos años conquistar, derechos que están desapareciendo de un plumazo para desesperación de los damnificados. Nos negamos empecinadamente a dar carta de naturaleza a una situación creada por delincuentes de cuello blanco (banqueros y demás laya) y amparada por políticos ineptos.

Por muy tópico que resulte, ya no nos quedan más agujeros para apretarnos el cinturón; el gobierno debe darse cuenta que la solución no es la subida de impuestos, sino que debería acometer drásticamente la vertiente de la reducción de gasto público: en ese campo hay todavía mucho donde podar. Y no me estoy refiriendo a recortes en servicios básicos como sanidad y educación -que es lo que están haciendo-, sino en partidas supérfluas de ámbito estrictamente político y no administrativo. La gente no sale a la calle a manifestarse porque sí, por afición, porque no tengan nada mejor que hacer, sino porque está llegando a una situación límite en que ven peligrar su bienestar familiar y laboral. La situación actual está poniendo en cuarentena eso que denominados Estado social y democrático de Derecho, con lo cual nadie debería sorprenderse por el clamor que sale de las entrañas de una población hastiada de unos excesos que nos han conducido a estos infiernos. Pero, al parecer, esto es algo que no deben comprender ni Montoro ni De Guindos, puesto que estos dos prebostes de la macroeconomía no se cansan de decir que se sienten incomprendidos, que no entienden el malestar de los administrados ante unas medidas que sólo pretenden sacarnos del marasmo en el que nos encontramos. Y te lo explican con toda su cara dura, con la jeta de no haber roto un plato, con ese tonillo de superioridad, con ese acento de guasa del que se dirige a un rebaño de borregos conocedor de que no le están entendiendo ni “papa”, que a uno le entran ganas de tenerlos delante para decirles dos o tres lindezas. A éstos que no paran de pregonar que tenemos que hacer aún más sacrificios los ponía yo a trabajar con un sueldo de mileurista para ver qué métodos utilizan para llegar a fin de mes.

Estos señores no se enteran de que se están cargando a la case media de este país, que es la que sustenta en mayor o menor grado todo el sistema. Y no vale la excusa de que están actuando así porque son recomendaciones impuestas por Europa; eso sería como reconocer que no son dueños de la situación, que se limitan -cual marionetas- a ejecutar los movimientos iniciados por otros. Insisto en un concepto que ya he repetido en varias ocasiones: somos muchos los desencantados con una clase política que no ha sabido estar a la altura del pueblo que los ha elegido. Es ahora cuando se deben poner de manifiesto las cualidades de aquellos que han sido llamados a dirigir un país, pero mucho me temo que la mayoría salga mal parado de esta prueba decisiva. Por eso, no va muy desencaminado el aforismo según el cual, en España, “el que vale, vale, y el que no... para político”. Desde luego, no es muy normal que para desempeñar cualquier cometido te exijan como mínimo el graduado escolar y para ser ministro, diputado o presidente del gobierno baste la credencial de haber pasado por el “cursus honorum” de los despachos de la sede política de turno. Por todo ello: ¿merecemos los políticos que tenemos, o tenemos los políticos que nos merecemos? He ahí la cuestión.

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